domingo, 14 de marzo de 2010

DE QUIMERAS Y TRAICIONES

Reliquias de nuestro Rey Fernando III el Santo

SE PUBLICA EN LA REVISTA "PALENCIA SIETE" UN ARTÍCULO IMPRESCINDIBLE



"DE QUIMERAS Y TRAICIONES"

A lo largo de la historia, la traición siempre se ha considerado una de las faltas más deleznables que puede cometer un ser humano. Si hay algo que todos los colectivos, independientemente de sus tendencias o principios, condenan con la mayor energía es la deslealtad al fin común. Si Judas Iscariote es el paradigma del traidor, Dante Alighieri también incluyó en su Divina Comedia a Bruto y a Casio como triunviros de la infamia. Es de destacar que, para el florentino, la traición era el máximo pecado que podía cometerse e implicaba la peor de las condenas: ser devorado por Satanás.

Un tipo de traición, típicamente hispánica, es la del que reniega de su compromiso de lealtad hacia su pueblo por un enfermizo sentido de la moral, creyendo que sus acciones van a dar como resultado un bien para ese pueblo al que defraudan y desprecian. A estos personajes siempre se les ha tachado de felones, renegados, canallas o malhechores, porque sus acciones pusieron a sus paisanos a los pies de sus enemigos. Gentes movidas por el rencor personal y las ansias de venganza que pretendieron cubrir sus insidiosos actos con el velo de la legitimidad y del honor. Individuos cegados de ambición, que querían el poder a toda costa. Como los hijos de Witiza, aliados con los musulmanes en contra de Don Rodrigo, al que abandonaron en el momento más duro de la Batalla de Guadalete, huyendo del campo de batalla sin oponer resistencia a los musulmanes y dejando a Don Rodrigo en inferioridad numérica.

Y como un parásito prendido a conciencia en nuestra vieja piel de toro, el Islam siempre se ha nutrido de figuras partidistas y sectarias para sus fines expansionistas. En el siglo XX el caso más prototípico sería el de Blas Infante. El mal llamado “Padre de la Patria andaluza” fue un auténtico enamorado de la cultura musulmana y se dice que llegó a convertirse al Islam en 1924, tomando el nombre de Ahmad. Nada que objetar hasta este punto, ya que era muy libre de opinar como quisiese y de sentir las devociones que le atrayesen.

Su gran problema fue divulgar una mentira histórica como base para crear una doctrina política que se centraba en considerar que los andaluces procedían de África y que tenían una personalidad única que debía ser reconocida en un estado federal. Por otra parte, en 1918, durante el transcurso de una Asamblea celebrada en Ronda, diseñó –siguiendo los pasos de Sabino Arana- una bandera para su “patria andaluza” de color verde y blanco. Para justificar la elección de los dos colores relató con admiración no ocultada que en 1195, tras la victoria almohade en la Batalla de Alarcos, sobre el alminar de la mezquita mayor de Sevilla –posteriormente denominada Giralda de la Catedral- ondearon la bandera verde del Islam junto con una bandera blanca símbolo de la victoria. Por si no era poco, y como argumento quimérico, se hizo eco de una leyenda por la que un santón que predicaba en el Atlas tuvo la visión de un ángel revelándole un imperio unido a las dos orillas del Estrecho de Gibraltar, “con el verde paraíso de Al-Ándalus y el blanco Magreb de los almohades”. Y debemos tener muy presente que los almohades propugnaban el fundamentalismo religioso más radical y la yihad contra los cristianos. ¿Cómo podemos denominar la actitud de alguien que, a principios del siglo XX, en plena guerra contra las cabilas del Rif, propugna una ideología así?

Estas reflexiones acuden a mi mente con motivo de la reciente celebración del Día de Andalucía. Utilizando como excusa esta festividad, unos amigos andaluces han publicado un manifiesto titulado “28-F, con “EFE” de Fernando”. En dicho texto publicado en http://baratariatradicionalista.blogspo ... nando.html se pide a la Junta de Andalucía que Fernando III el Santo sea nombrado “Padre de Andalucía”, en lugar del “partidista” Blas Infante, “que ni representa ni puede representar legítimamente a la totalidad del pueblo andaluz, por mucho que sus partidarios le presupongan una paternidad que dicho personaje (…) no puede tener”.

Los miembros de la A.C.T. Fernando III el Santo suscribimos dicho manifiesto y también lo hemos publicado en nuestro blog, ya que estimamos que es la impronta de nuestro Santo Protector la que infundió a Andalucía su actual personalidad. Ni España ni Andalucía serían hoy lo que son si no tuviésemos en cuenta su labor reconquistadora de un territorio invadido por el Islam; su labor repobladora; o su misión de Cruzada para devolver a Andalucía a la religión católica.

Ricardo Botín - A.C.T. Fernando III el Santo

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